Cultura libre de lo urgente

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cartel del hackmitin // portada del libro voces obreras (2018)

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De chica recuerdo haberme preguntado siempre, ¿cómo le hacen?, cuando veía que la gente viajaba, que emprendía proyectos colectivos, que adquiría una computadora o una máquina para hacer música o para proyectar video. Me lo preguntaba porque deseaba hallar la manera y a mi lado encontraba solo limitaciones: el miedo a un crédito y a no llegar a fin de mes, tener siempre otras prioridades, más necesarias y urgentes. Cuestión de mentalidad, supongo, porque a mi alrededor se acumulaban ciertas capacidades en la forma de libros, destrezas artísticas, intercambios intelectuales. No dinero pero sí cultura.

Así recuerdo conocer en principio la cultura libre, vía música electrónica y muestras de vg donde se ponían en el centro temas críticos: anticapitalistas, antiespecistas, antipatriarcales. Solidaridades internacionales antiglobalización, reivindicando la fiesta y la libertad, ofreciendo arte digital con software libre, en las calles y en las cárceles. Y yo no dejaba de preguntarme, ¿cómo consiguen sus equipos, cómo se financian sus viajes y sus aprendizajes?

Entonces entendí que solidaridad internacional implicaba reconocer la desigualdad económica mundial y aprovecharla, trayendo recursos hacia el sur. La misma estrategia de las cooperaciones pero sin ataduras institucionales ni logo al pie de página, para garantizar el hacer autónomo. Una estrategía que favorecía en sus primeros momentos internet y que circulaba a través de la movilización contra los tratados de libre comercio y la privatización de la cultura y el conocimiento.

Y la cultura libre, sin ser mentada pero presente como una búsqueda permanente. Estaban quienes primero empezaron a nombrarla de esa manera y quienes la practicaban y la compartían burlando cualquier tipo de restricción impuesta de antemano. Piratería, quematón y contrabando vinieron antes que reformas legales y adaptación a los usos justos.

Y en ese entonces, adolescente todavía para mí, un montón de personas haciendo sus cosas. Sobre todo hombres, y muchas veces sus novias, compañeras, amigas y allegadas. Sobre todo hombres, y algunas mujeres. Y la capacidad de trasvestirse y ejercer la sexualidad sin necesidad de ponerle un nombre, en el ambiente de la fiesta y en el espacio de libertad que ofrecen los márgenes.

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Luego vinieron los espacios de comunicación y la necesidad de proyectar la información por fuera de los propios círculos. Herencia temprana, también de internet. Ante las puertas de un Edward Snowden advirtiendo globalmente lo que de años atrás se sabía ya, que las ansias de comunicación eran cuidadosamente monitoreadas y registradas por el centro de los centros del imperio vigilante.

De años atrás se sabía también que internet, con todas sus bondades y posibilidades, se abría más a quienes mejor desplegaban su conocimiento allí. Personas entregadas a los foros y la indagación del código y las grietas de funcionamiento, personas que no importaba tanto quiénes eran sino lo que podían decir y hacer en red, con el -cada vez más extinto- beneficio del anonimato.

Pero en estos -todavía- espacios de libertad que ofrecía la red, los diálogos y llamados a la acción colectiva, que no necesitaban nombres ni afiliaciones, se cargaban de costumbre y de subtexto. Se construían netiquetas acordadas por consenso pero también se estilaban ciertos tipos de respuesta, ciertos humores, ciertas reacciones.

Allí también transitaba la cultura libre, más técnica que discursiva, más en germen y más soporte de lo que se haría luego. Allí también se siguieron las propuestas de Aaron Swartz y se compartió la rabia de su muerte y se organizaron encuentros para convertir la rabia en acción afirmativa.

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En ese momento internet ya era un bien de acceso masivo, cuyos costos descendían en la medida que grandes empresas invertían en infraestructuras centralizadas, donde se optimizaban recursos para la captura, almacenamiento y procesamiento de datos, en tiempo récord. Alquimia pura de la mezcla entre informática y robustos capitales.

Y en ese -no tan lejano- contexto, alrededor de la necesidad de hacer una lucha a través de la comunicación masiva, inmediata e interactiva de internet, algunos se cuestionaban por los contenidos mientras, entre fricciones, otros insistían en comenzar por los medios técnicos para difundirlos.

Como pasó en 1999, entre 2012 y 2013 algo terminó y una cosa nueva comenzó a gestars, por lo menos en este bloque continental del sur. Internet no fue más terreno de pocos, interés de pocos, conocimiento de pocos. Aunque no fuera nuevo, ahora llegaba a miles de millones de personas, en la forma de un derecho pero también de una amenaza. La vigilancia y las violencias que desde antes se habían instalado allí, eran ahora visibles.

Internet no era más un espacio para la experimentación libre, ahora tenía límites y reglas cada vez mejor definidas, cada vez más especializadas, como cada vez más especializados eran los grupos y personas que tenían capacidad de incidir sobre ellas, de diseñarlas, avalarlas, manipularlas.

Y los espacios del anonimato, que siguieron existiendo, se mantuvieron relegados a los márgenes, con el favor mediático de un nombre que pudiera mantener a salvo a quienes no dominaban la técnica del debate en lo oscuro. Espacios que antes fueron sencillos, para pocos, exigían ahora una erudición técnica o un objetivo ilegítimo como motivación.

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Cuando fui más grande, en tiempos recientes, se siguió popularizando internet. Ya no en grandes, medianas y pequeñas computadoras sino en dispoitivos celulares cuyo costo seguía -y sigue- bajando; en un entorno digital cada vez más cercano y menos propio, atestado de delincuentes y oportunistas que amenazan la privacidad y la seguridad en línea.

Pero es que el escenario de los tiempos recientes está muy lejos de los antiguos e inmemoriales finales del siglo XX. A esta internet, la libertad llegó en la forma de redes sociales y servicios de wifi gratis, de dispositivos e ifraestructuras cada vez más accesibles, aunque todavía falte mucho para cerrar la brecha digital, según nos dicen los analistas del desarrollo.

Pero llegó, de alguna forma. Y como ya escribía arriba, internet dejó de ser un territorio de pocos y eruditos de la técnica, para ser el espacio (dispuesto por otros) donde nuestras voces pueden ser, en primer lugar. Donde además se amplifican y se encuentran con otras voces que también han sido amplificadas. Y en nuestras voces, ahí sí aparecemos las mujeres.

Aunque siempre hubo mujeres, desarrollando código, produciendo cultura, participando en foros, luchando en internet. Sobre todo, utilizando las tecnologías y adaptándose a sus cambios. El asunto entonces es de cantidad y de visibilidad, pero el ‘siempre hubo’ no nos resulta suficiente, porque los esquemas y maneras de la internet cuando parecía más libre no eran para nosotras, eran para esos sujetos universales que no tenían nombre ni forma sino apenas comentarios y códigos.

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Y la cultura no fue menos libre mientras fue desarrollada por menos personas, ni mientras ha sido adoptada como principio de acción en procesos individuales y colectivos en distintas latitudes continentales. Pero la privatización de los procesos, ¿hace menos libre la cultura? Al respecto hay una larga conversación que no continuaré por aquí, justo por ser el centro del meollo.

Cuando las mujeres -y corrijo, más y más diversas mujeres- comenzamos a acceder a la cultura libre, tuvimos también que concedernos contradicciones -por quién no- y faltas a la consecuencia. Aceptar que en el imperio vigilante, la mejor manera de comunicarnos seguras es depender de la empresa que mejor se nos ofrece, reconociendo que eso no significa la empresa más ética sino la que nos permite, efectivamente, comunicarnos con nuestras compañeras.

Y nos implica comenzar por la seguridad, no reconociendo parte de nuestra historia tecnopolítica común, sino porque a lo menos, amplificar nuestras voces o nuestras expresiones -por ejemplo, corporales- nos ha significado ser objeto de violencias varias en la red. Entonces, para la libertad comenzar por lo primero.

* Este texto es un borrador que continúa con las reflexiones que comencé en Aprender a navegar libres y Cultura libre: saludar al fantasma de la máquina.

 

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algoritmo

He comenzado un proyecto para explicarme cómo funcionan los algoritmos. No creo que sea en exceso complicado, solo es un lenguaje muy ajeno a mí y mi historia. Por eso, busco los recursos a mano para acercarme a las operaciones matemáticas que tienen lugar cuando ingresamos información en un lugar, donde es depurada, organizada, procesada y devuelta en una forma diferente. Mi primera idea es que el algoritmo soy yo y el resultado lo que se me ocurre hacer con un banco de palabras, letras e imágenes.

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Para empezar, definir como variables cada una de las acciones que empleo para construir un texto. Recolectar letras, palabras e imágenes [variables] sobre papel [constante]; depurar a través del recorte; eliminación del papel sobrante; almacenamiento del material. La base de datos se alimenta de los papeles a que tengo acceso y que pueden ser reutilizados [variable], como volantes publicitarios, postales, textos impresos o fotocopiados. A medida que aumente mi base de datos, aumentarán también mis posiblidades para construir un texto, ¿se irán complejizando los textos? ¿repetiré palabras, ideas, conectores, adjetivos?

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a la izquierda el papel sobrante; a la derecha material depurado, listo para usarse

Identifico hasta ahora tres grupos de variables. El primero son las variables asociadas al proceso de construcción de la base de datos, que ya mencioné; el segundo son las variables asociadas al material disponible, de donde puedo construir mi base de datos; el tercero son las decisiones que tomo para agregar una palabra a otra, a un conjunto de letras para formar una palabra, a una imagen para acompañer el escrito que he armado.

Durante las siguientes semanas quiero continuar armando mi base de datos en un tarro plástico, probando diferentes salidas en textos que me hagan algo de sentido, primero a mí y espero que más adelante a quien sea que lea lo que estoy escribiendo. Además quiero reflexionar en detalle sobre cada uno de los grupos de variables. Y en todo momento leer el presente en clave de lo que ya estaba antes. Volver sobre los manifiestos dada, hanna hock y benjamin, sacarlos de europa y procesarlos nuevamente.

CULTURA LIBRE: SALUDAR AL FANTASMA DENTRO DE LA MÁQUINA

Comenzando el Congreso Online de Gestión Cultural me preguntaba si la red online, que da cabida a este encuentro, es suficiente para mantener, promover o impulsar el trabajo articulado, colaborativo y en red del que se suele hablar en la cultura libre. Por suerte, ese tema será trabajado en profundidad en la Mesa 2, cuyas ponencias ya están disponibles para descarga.

Por suerte también, la pregunta inaugural en el #GCultural2016 fue por la sustentabilidad de los proyectos de cultura libre, un tema que en mi opinión es demasiado importante y que muchas veces lo colectivos, organizaciones y redes de trabajo dejan de lado como un asunto interno o como un conjunto de principios a tener en cuenta, sin adentrarse en lo concreto: las estrategias para hacer posible financiera, económica y humanamente los proyectos.

Me parece además una suerte que muchos de los colectivos y las personas participantes nos encontremos en esa preocupación central: trascender la idea de la cultura como una mercancía o como un servicio al que se puede o no acceder; concebir la cultura libre como una posibilidad de transformar la idea de la propiedad privada y de la economía en general, y comenzar a referirnos a lo común y los comunes que compartimos, pero ¿de qué se trata eso?, ¿y cómo puede ser posible? Aquí algunas ideas, puestas en común durante la Mesa 1 que tuvo lugar la tarde de ayer

Transformar el mito: libre no es gratis

Comparto la preocupación mencionada por Panorama 180 sobre las dificultades de trabajar desde la cultura libre en un contexto neoliberal, donde pareciera que nos acostumbramos a trabajar en la precariedad, argumentando nuestras actividades en una nueva forma de concebir la economía. Y sin embargo, ¿no se trata acaso de eso? Claro que sí, la cultura libre tiene sentido en tanto instrumento para transformar la idea de economía, para producir otros paradigmas y otros objetivos, como señalaron desde el proyecto Lab.irinto.

Y para eso, es necesario reconocer la cantidad de recursos intangibles que intervienen en la producción cultural, lo que ha intentado hacer el colectivo Enjambre en la Patagonia argentina, con su proyecto Desbordes. Es lo que ha hecho también la editorial La Terraza, para quienes trabajar a partir de los criterios de cultura libre ha generado beneficios que van más allá de la venta de sus libros; hay un beneficio contextual y transversal que tiene que ver con el reconocimiento, tanto de los y las autoras, como de la editorial misma.

img1-mesa1Portada del libro Crack, de Gabriel Pantoja y Luis Silva

Pero en mi opinión, eso implica también asumir un pacto conjunto que desde hace tiempo se menciona en el movimiento de cultura libre: lo libre no es gratis. Que si bien se trabaja porque el acceso no esté mediado o restringido por un pago monetario, el trabajo y los recursos cuestan. Esfuerzo, energía, y en definitiva, materia.

Liberar el software de las tecnologías sociales

En ese sentido es valiosísimo reconocer que no estamos ante una serie de problemas cuando nos encontramos alrededor de la cultura libre, sino ante nuestras propias capacidades para aportar a soluciones, como plantearon desde Ártica. Pero es necesario reconocer, decían desde Panorama 180, que hemos aprendido más de los momentos de dificultad y contradicción que de los sencillos y exitosos, por eso es necesario aterrizar a los contextos y las prácticas y así, trabajar a partir de las experiencias concretas, desde las relaciones laborales y humanas con que estamos trabajando.

Y para mí ese es, quizás, el punto central entre los puntos centrales. Pienso que si algo me ha permitido ver el software libre –ya que me abrumo cada vez que debo enfrentarme a un código- es que los más pequeños detalles en un proceso productivo, son indispensables para el engranaje total. Y que se ahorra trabajo y esfuerzo si se comparten soluciones. Y así como el software no se hace de políticas públicas sino de práctica y oficio, así mismo ocurre con los procesos sociales y culturales.

img1-mesa1De la iniciativa Panorama 180, que realizan el Festival de Cine Creative Commons en Barcelona

Colaborar: para salir del capitalismo 2.0

Luego aparece una nueva preocupación para mantener viva la cultura libre, y es cómo desarrollar estrategias para que quienes tienen mayores recursos y conocimientos no apropien las tecnologías y posibilidades de desarrollo. Ante eso, quién sabe si hay una sola respuesta. Seguramente no es una, porque de entrada nos encontramos en la diferencia y de eso también se trata el deseo de abrir y de construir en conjunto.

Sin duda hay maneras diversas de hacer cultura libre, así como hay maneras diversas para financiar y hacer sustentable cada proyecto. Incluso podrían parecer contradictorias algunas estrategias. Hay quienes apelan al financiamiento estatal o al trabajo articulado con instituciones; hay quienes apuestan por llamar a las inversiones privadas, a la cooperación internacional, a la distribución comercial, al crowdfunding, al trabajo a partir de comunes.

Un ejercicio de transformación desde la cultura libre supone, para mí, romper dos barreras: una que nos impide juntarnos en la diferencia (por ejemplo si no se desea recibir financiación estatal, de una parte, o ejercer el activismo sin una remuneración, de otra);  otra que nos pone es situación de competencia (por ejemplo por fondos, por tráfico web, etc.). Superando el desdén por las otras formas de hacer, podemos convertir la competencia -que todavía está muy instalada en el desarrollo efectivo de losporyectos culturales- en una potencia de cooperación y colaboración.

Porque en la colaboración encontramos que más allá de lo que nos distancia, de cada error y de cada acierto nos beneficiamos juntas si estamos compartiendo nuestras experiencias y aprendizajes y beneficios y fallas. Y porque desde esas prácticas es desde vamos construyendo confianzas eficaces.

Autonomía: romper las fronteras del consumo

Otro elemento que se transforma en los procesos de cultura libre es la dimensión del público, como un ente receptor de los productos culturales. En cambio, se trata de trabajar con comunidades activas y en esa medida, la comunidad incluye a quienes producen, usan, mezclan, reinterpretan, aprovechan, reutilizan, aprenden, continúan construyendo, replantean y una infinidad de posibilidades más, ¿acaso no podemos organizarnos, hacernos cargo de este universo enorme que estamos construyendo? 🙂

Eso implica que el asunto de la sustentabilidad va más allá de lo financiero y también, que resulte necesario planteárnoslo así, hacia los modos como actuamos, como ponemos en práctica a diario la cultura libre, como trabajamos por ser comunidades en poder de nuestros productos y procesos culturales, de nuestros presentes y nuestros futuros…

Y mientras la transición, ¿qué hacemos?

Por supuesto no se hará el cambio en un día pero es necesario comenzar, porque ya lo hemos comenzado. Compartir metodologías es algo que ya se hace, promover la reproducción, la copia y los derivados, compartir conocimiento, abrir las puertas y ventanas, pero ¿cómo aprendemos más de las prácticas para salir un poco de lo que debe ser, de la teoría?

En mi opinión, y a manera activa de invitación, construyendo formas para aprender de los modos como nos estamos haciendo sustentables en las prácticas de todos los días: lo que nos funciona y lo que no, lo que nos gusta, lo que utilizamos, cómo lo utilizamos y cómo lo valoramos, lo que nos cuesta, a lo que aspiramos, lo que obtenemos, lo que hace falta. A diario necesitamos financiarnos y a diario buscamos soluciones. Recoger y reutilizar ese conocimiento puede ser un camino para hacerle frente al capitalismo que precariza la vida.

Comparto totalmente la necesidad de aprender de los criterios y proyectos autónomos, no para copiarlos como un modelo, sino para llenarnos de herramientas para manejarnos, cada quien en su contexto de contradicción, cada vez más en libertad.

Colaboración y redes en el Congreso Online de Gestión Cultural

En los últimos años, cientos de proyectos culturales han comenzado a dirigirse hacia las nuevas economías basadas en la colaboración, las redes y la articulación. Algunos por garantizar su sostenibilidad, otros para salir de las lógicas capitalistas de mercantilizar y hacer de la cultura un conjunto de bienes intercambiables, otros más porque consideran que las construcciones deben ser colectivas. Las posibilidades y motivos son muchos, así como las herramientas que hacen posible estos nuevos modelos de trabajo.

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Por eso se realiza, desde ayer y hasta el próximo 10 de octubre, el primer congreso online de gestión cultural #GCultural2016, un espacio construido de manera colaborativa y distribuida durante casi un año, y que reúne proyectos, colectivos e iniciativas internacionales, para debatir sobre temas comunes en seis mesas de trabajo diferentes.

Cada mesa ha sido diseñada y será coordinada por un proyecto, que alojará los materiales de trabajo en su sitio web. Pero además, la cobertura estará a cargo de 49 blogs quienes participarán de las discusiones aportando, comentando y, sobre todo, dejando memorias (en plural) de lo que está siendo el Congreso. Este blog es uno de ellos.

La colaboración como reto y como principio

El trabajo cultural, colaborativo y en red es, para mí, un modelo ideal: distribución de tareas y de cargas, confluencia de conocimientos e ideas, aportes en especie más que financieros, movilidad espacial, trabajo paralelo y colectivo. Supone trascender la idea de la cultura como un sector productivo para concebirla –y ponerla en práctica- como un proceso político donde la propiedad debe redefinirse porque pierde todo su sentido en la forma que la hemos conocido.

Sin embargo, todo puede ser algo y otra cosa. Incluso su contrario. Por eso, las “nuevas economías colaborativas” han servido para reproducir los mismos modelos de acumulación: antes que distribuir, se han basado en la centralización de capitales y la distribución inequitativa de labores, y el consumo sigue siendo el objetivo principal y fin último de la producción cultural, no la manera como se produce. Este modelo (el mismo empleado por Uber o Airbnb) está cada vez más instalado en proyectos culturales locales.

Por eso me parece que este Congreso es tan importante y tan valioso. Porque es posible gracias a la existencia real de una red, porque se ha construido desde el espíritu de la colaboración, y la motivación de quienes participamos no es otra que compartir, discutir y en definitiva, seguir construyendo de manera colectiva. Porque más allá de las diferencias, los desacuerdos o las falencias, este espacio no tiene más sentido que el trabajo mismo.

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Las respuestas en nuestras propias manos

Comenzando el Congreso, conversé con Daniel Cotillas de Comunicación Abierta , quien coordina la mesa de “Comunicación en red y herramientas TIC para la gestión cultural”. Le pregunté ¿por qué hacer el Congreso en la red?, ¿de qué tipo de redes estamos hablando?, ¿acaso potencian, promueven, facilitan?, ¿acaso son suficientes? ¿Dónde comienza y dónde termina la red?

Para él, desde hace muchos años los colectivos que trabajan con software libre han depositado una confianza enorme en la tecnología, pensando que ella misma puede solucionarlo todo pero sin lograr que sirva efectivamente para los propios objetivos, precisamente porque hace falta encontrar narrativas capaces de transmitir lo que es capaz de hacer la tecnología. Y para mí es ese el tema central acerca de las redes y también acerca del Congreso. Ese es un punto que conecta las cosas más distintas y más lejanas que se encontrarán en estos días: ¿cómo conectar?, ¿cómo transmitir?, ¿cómo solucionar en conjunto?

El #GCultural2016 es un espacio sin Centro de Convenciones. Por ser online puede desarrollarse durante tres semanas seguidas, dando tiempo a quienes participamos –como ponentes, audiencia, cubrimiento- para conocer los materiales, reflexionar, discutir previamente y luego encontrarnos para poner sobre la mesa cualquier variedad de asuntos provocados por las lecturas. Nos permite complementar ideas, indagar un poco más, conversar, aclarar… sin el afán de los tiempos, los desplazamientos, las estadías en lugares desconocidos y ajenos.

Las preguntas son muchas y el espacio está dispuesto. No hay motivación distinta al gusto de participar de esta construcción. Reunir temas centrales puede resultar inútil. Si lo duda, acérquese al lanzamiento. Lo que haga falta irá saliendo. Lo cierto es que las herramientas están dispuestas, de cada quien depende lo que surja en adelante.

Conozca la dinámica del #GCultural2016 aquí. Desde ya puede descargar las ponencias de la mesa 1 –“Gestión cultural para la producción de cultura libre”, coordinada por Ártica Online-. Además, puede descargar el calendario de trabajo, o agregarlo a calendar.

PUMA

En 2007 se habló por primera vez de la Plataforma Única de Monitoreo y Análisis (PUMA) que reemplazaría al anterior sistema de vigilancia utilizado por la Fiscalía colombiana, la plataforma Esperanza. Esta plataforma había sido utilizada por funcionarios del Departamento Administrativo de Seguridad para interceptar ilegalmente las conversaciones telefónicas de miembros de la oposición, pero también de funcionarios del gobierno y de la rama judicial, hecho que significó la liquidación de dicho Departamento.

Pero la nueva plataforma PUMA, a diferencia de la anterior, contemplaba el monitoreo y vigilancia de comunicaciones en internet, lo que implicaba la necesidad de reglamentar su uso. Por eso, el gobierno expidió el Decreto 1704 del 15 de agosto de 2012, donde se exigía a los proveedores de servicios de internet, desarrollar la infraestructura necesaria para hacer seguimiento, en el marco de investigaciones judiciales. Rápidamente comenzaron a manifestarse diferentes organizaciones sobre el asunto pues la legislación, llena de vacíos, resultaba ser una amenaza a la privacidad y la intimidad en internet.

El problema es así, a diferencia de las interceptaciones telefónicas, que de acuerdo con la legislación colombiana están permitidas solamente en el marco de una investigación judicial formal y pueden ser ordenadas exclusivamente por la Fiscalía, cuando se espera poder acceder a las comunicaciones por internet, es necesario hacer un monitoreo permanente a todo el espectro. Es decir, que ante la posibilidad alta media o baja de una amenaza, todas las personas que nos comunicamos por este medio somos susceptible de ser intervenidas.

Hace pocos meses una empresa que vende software de vigilancia a los gobiernos fue hackeada y con esto se supo que varios países han adquirido un software para hacer vigilancia ilegal a través de malwares. Uno de ellos es Colombia

¿Muerte de la privacidad?

panopticoPanopticon, Haarlem. 1910. Anónimo.

La privacidad no ha existido siempre del modo como la experimentamos hoy. Ante la pregunta por la muerte de la privacidad yo me cuestiono por aquello que le dio vida. Y de acuerdo con Alain Corbain, considero que la vida privada es un valor asociado a la sociedad capitalista, esto es a la propiedad privada. Por eso, si hablamos de privacidad en la red creo que la discusión vira necesariamente hacia la condición de propiedad, lo cual no es tampoco novedad.

Cuando reclamamos nuestro derecho a la privacidad, porque en este momento y en este contexto es esa la manera como ‘vive’ la privacidad -en la medida que la vemos violada o abusada-, reclamamos nuestro derecho a ‘ser dejadas tranquilas’, a guadrar secretos, a movernos con libertad en un entorno donde, en principio, no somos soberanas. Bien apuntaba Laura Siri al señalar que la clave no puede ser más que política,

“Lo cual excluye especialmente las soluciones individualistas. No es cuestión de que yo diga “no uso facebook para que no me vigile”. Es cuestión de que ese tipo de empresas privadas se vean presionadas por la acción pública para no incurrir en prácticas cuestionables. También una puede utilizar distintos sistemas de encriptación y mejorar sus prácticas de seguridad informática. Pero, del mismo modo, aunque recomendemos hacerlo, quien crea que es la panacea puede encontrarse con desagradables sorpresas”

Y el problema es que mientras procuremos andar con libertad por entornos que no nos pertenecen, seguiremos pidiendo permiso para poder hacerlo, encriptando nuestras comunicaciones y desarrollando a la par estrategias de seguridad cada vez más complejas para protegernos de las empresas comerciales o de la vigilancia estatal o de la delincuencia cibernética o del terrorismo. Y son ámbitos bien diferentes para que debamos partir de los mismos protocolos de protección como respuesta.

Pero ese es justamente el problema al que nos enfrentamos cuando, por ejemplo, discutimos al interior de los movimientos sociales sobre las estrategias de seguridad. ¿Debemos proteger nuestras comunicaciones y navegación en red solamente cuando hacemos parte de un movimiento? No, por supuesto, porque también nos parece un abuso que empresas como Google o Facebook estén atentas a cualquier palabra que tipeamos o a cualquier ‘me gusta’ que declaremos, para ofrecernos tal o cual producto o servicio. Y esto a millonadas de dólares.

Y sin embargo, la elección por software o servicios no comerciales, o parcialmente comerciales o, por qué no, abiertamente activistas, nos convierte en objetivo de vigilancia, de seguimiento y estigmatización (el uso de Telegram o Riseup han sido condenados por las autoridades e incluso Riseup fue víctima de allanamiento). Aunque no tengamos nada que esconder, no somos libres de elegir un servicio menos privativo, pues esto conlleva riesgos que debemos asumir. Y en cambio, si no tenemos nada que esconder y utilizamos los servicios comerciales y privativos para comunicar algo a nuestro antojo, somos suceptibles de vigilancia, seguimiento y criminalización, como ocurrió en Colombia a un usuario de Facebook que resultó detenido por instigar al delito a través de la red social.

Pero, por otro lado, si queremos mayor seguridad y soberanía en la red, debemos entonces comportarnos como criminales, imaginando claves dificilísimas, ocultas en llaveros seguros, diligenciadas a través de sistemas seguros donde cada paso nuestro será borrado, olvidado rápidamente. Entonces, para que no nos vigilen nos vemos convertidas en nuestra propia policía, guardando atento cuidado a cada movimiento. Entonces el panóptico se ha realizado, cuando lo llevamos incorporado y así, para el mundo comercial no somos otra cosa que un segmento de mercado, muy lejos de ser menos consumista aunque procure utilizar software libres y servicios menos privativos.

Y en cambio las empresas allí, en la comodidad de su poder adquisitivo, de su incidencia política, de su necesaria existencia para la existencia de la red, porque ocupan el espacio más grande allí. Apenas son cuestionadas o investigadas por seguirnos aún si no queremos acceder a sus servicios. Entonces se me ocurre que la mejor manera de ganar en privacidad es a través de la transparencia, específicamente por parte de las empresas pero aplicable a cada movimiento en la red.

En un espacio donde todo está visible el contenido es menos susceptible de ser clasificado y cualquiera puede clasificarlo a su antojo y cualquiera puede descalsificarse. Cada paso deja huella y cada huella puede reescribirse. Pero esto, claramente, no va a ocurrir. Los dispositivos de vigilancia son anteriores a la red. Son sociales y van más allá de las ansias comerciales o instituciones. La privacidad es entonce sun anhelo, una condición de necesidad para seguir resistiendo -soportándolo y manteniendo un lugar marginal- dentro de este sistema injusto y desigual.

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